Fluya el verbo

Esto es un experimento.

Un intento de hacer absolutamente lo opuesto a lo que hago siempre.

Antes de escribir siempre hago esquemas y estructuro el texto que tengo en mente. Apuntes. Esquema. Esquema del esquema, así hasta que estoy finalmente confortable con las idea que quiero comunicar. Y todo esto a bolígrafo sobre papel. Negro sobre blanco. Nada de tecnología que acelere la ejecución por encima de la velocidad del pensamiento. Sólo entonces me lanzo de cabeza a teclear delante del ordenador.

Esto es distinto. He conectado mi teclado compacto a mi móvil. Compacto pero mecánico y de teclas de tamaño normal con el que se puede teclear a velocidades endiabladas. He abierto la app de WordPress y he empezado a escribir. No hay al alcance de mi vista hojas manuscritas a las que recurrir.

Sábado por la mañana. Se levanta el sol y pongo a punto los artilugios necesarios para montar en bici. Las herramientas para reparar e hinchar las ruedas en caso de pinchazo ya están en la mochila. Lo más importante es llenar la CamelBak para poder beber suficiente agua durante la duración de la ruta. La lleno con agua mineral que ha estado enfriando toda la noche en la nevera. Botella y pico de Font Vella procedente del manantial de Sigüenza. La cantimplora flexible y con tubo para beber mientras pedaleas montado en la bici sin tener que parar y quitarte la mochila está revestida de una funda textil térmica. Los tragos fresquitos durante las subidas interminables bajo el sol del medio día sientan muy bien. Introduzco el odre sintético en la mochila, coloco el tubo flexible azul a través de una cinta en el tirante izquierdo. Me echo protector solar por cara, piernas y brazos para no quemarme y bajo al garaje. Mi bici lleva en el maletero con la rueda delantera desmontada desde la noche anterior.

Comienzo a conducir mientras doy sorbos a una bebida energética con cafeína y BCAAs sabor fresa. En la radio del coche suena Drum & Bass. Gran estilo de música para conducir, aunque no supere al Synthwave de Miami Nights 1984. El otro día me acordé de la música de Skrillex. Tengo que recuperarla. Concretamente la canción que aparece en Far Cry 3 en el momento que, armado con un lanzallamas, haces que el protagonista arrase una plantación de cannabis propiedad de la banda delincuente que domina la isla y ha secuestrado y asesinado a tus amigos. Si no me acuerdo mal el título de la canción es “Make it bun dem”. Una deliciosa ironía. La canción es reminiscente del reggae. La quema de plantaciones de cannabis en la vida real debería tener lugar de la misma forma. Y las operaciones contra mafias de drogas sintéticas a ritmo de “Invaders must die” de The Prodigy.

Destino Valdemorillo. Media hora. En cuanto abandono Majadahonda el paisaje deja de ser urbano rápidamente y las encinas. Monte serrano muy parecido al que contemplé hace un par de años cuando fui a las corridas de toros de Cenicientos. Me gustan las encinas. Antes no era así. Durante mi infancia no me decían nada. Pero cada vez me siento mejor cuando estoy cerca de ellas. Pinos y encinas. Poder mediterraneo continentalizado, si hago uso de lo que nos enseñaban en el colegio sobre los climas de España. Qué estúpido estudiar sobre climas cuando aún no se ha vivido ninguno realmente… Podría escribir una retahíla de razones por las que me gustan las encinas. Su tronco recio, sus hojas puntiagudas y resistentes, sus bellotas gracias a las cuales se alimentan los cerdos ibéricos… Seguro que con un poco mas de tiempo se me ocurrirían más. Pero esto no va de racionalizar. Esto va de las emociones que me transmiten las encinas. Pertenencia, historia, tradición. Sangre y suelo. El suelo en el que crecen las plantas y sobre el que pasta el ganado. Un suelo duro como la encina que crece sobre él. Afloraciones graníticas que dificultan nuestras pedaladas subiendo y bajando por pistas forestales y trialeras. Canchales y cantos rodados que hacen que las ruedas de la bicicleta se despeguen del terreno y se comporten casi como un esquí bajando por la nieve: surcando el suelo. Venas de cuarzo que brillan con un blanco niveo entre la tierra rojiza.

Las encinas me retrotraen a algo que no he vivido yo personalmente, pero que de alguna manera alberga mi espíritu. Un retorno a algo que no ha existido nunca. Echar de menos algo que no has tenido nunca. Curiosamente parte de la ruta discurría sobre la Cañada Real Leonesa.

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