Ozono, geosmina y aceites vegetales

Muchacho, buscas lo bello y haces bien. Sabe que crece allí donde tienes la Razón.

—Epicteto, disertaciones, libro IV, capítulo XI: Sobre la Limpieza

Ariadna tiene dos tatuajes en su brazo derecho. El primero es inconsecuente para esta historia. El segundo es una simple palabra. Escrita en mayúsculas, con una tipografía muy poco estética —hasta se podría decir que carcelaria— que discuerda totalmente con su belleza neoténica.
PETRICOR
El olor a lluvia. El olor a tierra mojada. Más precisamente: el distintivo aroma que acompaña a la primera lluvia después de un período de sequía. La palabra fue acuñada en 1964 por Isabel Joy Bear y Richard G. Thomas en un artículo de la revista Nature en el que explican el origen de dicha fragancia: Una combinación del ozono producido por la electricidad atmosférica, geosmina: un compuesto orgánico producido por ciertas bacterias que habitan en el suelo y aceites exudados por las plantas. Bear y Thomas apuntaron a que la función de estos aceites podría ser evitar la germinación prematura de las semillas durante las esporádicas lluvias tormentosas del verano. Entre Ariadna y petricor existe también una deliciosa etimología griega en común. Ariadna, en griego “Ἀριάδνη”, la más sagrada, la más pura: “ἀρι” prefijo intensivo, “ἀδνός” sagrado, puro. Petricor, construido con “πέτρα” piedra e “ἰχώρ” la sangre dorada de los dioses que les confería su inmortalidad. Podemos pensar en el petricor como el olor de Dios que sólo se puede experimentar durante los primeros instantes de una lluvia anhelada.
Lo que no tiene una respuesta es la razón por la cual nos resulta agradable el petricor. Quizás sea una intuición arcana que nos dice que las plantas ya saben que la lluvia es sólo una tormenta estival que pronto cesará, que no debemos preocuparnos por que las semillas germinen antes de tiempo y se agosten. Aunque hay a quien no le gusta el petricor. O al menos eso dicen ellos. Lo asocian a la depresión otoñal. Al cielo gris. A no poder salir de casa. Seguramente sea sólo una anomalía urbana y el olor que ellos conocen no es el mismo que se disfruta en el campo. La geosmina y los aceites vegetales son suplantados por polución y aceites industriales. El supuesto petricor urbano seguramente esté más cerca del olor rancio a sudor y lubricante mecánico que caracteriza el metro y los parques de atracciones en verano que del de la lluvia purificando el suelo fértil antes de que llegue la estación húmeda. La complejidad de la interacción entre geosmina y aceites vegetales hace imposible que ningún perfumista pueda sintetizar el petricor. Este aroma es, por tanto, el más sublime exponente de la belleza: orgánico, efímero, casi inaprehensible. En una era de sucedáneos, de experiencias estructuradas, estandarizadas y masificadas, el petricor se rebela como algo que no se puede manufacturar. Depende de demasiados elementos engranados entre si formando un proceso largo y complejo que no se puede ni acelerar ni escalar. El suelo se seca lentamente bajo la acción de los rayos del sol. Los aceites vegetales fluyen lentamente hacia la superficie empujados por el inapreciable fluir de la savia a través de los vasos leñosos y liberianos. La humedad del aire aumenta noche tras noche hasta que el cielo se carga de calima y cumulonimbos repletos de agua y energía eléctrica. Los relámpagos rompen el silencio de la canícula y las moléculas de oxígeno para producir el primer ingrediente de la receta: ozono.
La belleza del petricor es la de las grandes formaciones montañosas con sus estratos doblados y erosionados durante millones de años de actividad tectónica y atmosférica. La belleza de las grandes catedrales culminadas de forma colectiva por generaciones de manos e intelectos unidos en una meta común. Con una diferencia radical: la caducidad inmediata del petricor. Una caducidad que no se debe confundir con la que tan acostumbrados estamos a experimentar en las redes sociales. La caducidad del petricor no se debe a la sobrecarga de nuestra limitada atención ante un bombardeo incesante de contenido intranscendente sino a la organicidad del proceso subyacente. El petricor no se puede congelar en una foto. No lo podemos compartir con nuestros amigos si no están junto a nosotros. Precisa de un espacio y un tiempo concretos. Hic et nunc. El petricor es algo que, como las cosas verdaderamente importantes de la vida —el amor, la familia, la patria…— nunca puede entenderse completamente, sólo se puede experimentar. La experiencia del petricor, del auténtico petricor del campo, nos recuerda, cuando La Providencia lo considera oportuno, la importancia de apreciar con gratitud la belleza de lo pequeño.

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