Turismo y aceleración

Si quieres librarte de las pasiones que te atormentan, cambia de vida y no de lugar.

Séneca — Carta a Lucilio CIV

Detente por un segundo y piensa: Tu constante anhelo por viajar—#wanderlust si lo expresamos en forma de hashtag—no constituye ningún afán intelectual o espiritualmente elevado. Es simplemente consumo ansiolítico y ostentoso posibilitado por la etapa tardía del capitalismo en la que vives inmersa. Una religión de la nada en la que lo único sagrado es aquello que tu dinero no puede comprar. Viajar nunca te sacia, la oquedad en el interior de tu alma que pretendes llenar ha sido excavada precisamente por las mismas dinámicas que te han hecho creer que puede ser una cura para tu aflicción: Las hipersticiones generadas por el capitalismo autonomizado cuyos tentáculos desvertebran el katejon cada vez más rápido y ahogan la ambición transcendente de tu existencia humana. Cada vez que haces check-in en un vuelo low cost, cada vez que reservas un apartamento en AirBnB, cada vez que subes una story a Instagram: invocas al anticristo. Cuando se expandan suficientemente y se desarrollen hasta la plenitud de su negación el turismo no será más que una visita—previo pago—a decorados para crear estampas binarias que alimenten tu soberbia cibernética: fachadas de cartón-piedra huecas desde todos los ángulos desde los que no deban ser contempladas a través del espejo negro por otras partículas elementales como tú. Ya es así en los focos más densos que se aproximan inexorablemente a la singularidad. No existe límite para la desterritorialización. Prepárate para la turistificación del Barrio del Pilar.

Una vez se está equipado con las herramientas intelectuales adecuadas, hacer turismo en un destino masificado por la plebe se vuelve una experiencia imposible de articular plenamente con palabras durante la cual se sienten en el propio cuerpo las ondas de compresión del capital acelerándose. Cada vez más gente viaja más a destinos más exóticos y más lejanos pensando que les ayudará a escapar de su tedio vital, de su aburrimiento existencial, de la falta de sentido de su día a día. En un ejercicio de ironía consigo mismas, cuando viajan recurren al mismo tipo de consumos psicotrópicos que cuando no están de vacaciones. Lo que demuestra la inutilidad de viajar como cura a los dolores del alma, como ya argumentó correctamente Séneca hace siglos. La gente cuando hace turismo come comida mediocre en cantidades excesivas. Compra con una desinhibición inusual, autoengañándose con las diferencias de surtido o precio que puede haber entre su destino y su lugar de residencia. Bebe alcohol hasta emborracharse. Consume drogas duras, el principal aliciente de algunos destinos turísticos en los que hay menos barreras para el consumo de este tipo de substancias. Busca o compra sexo. Un curioso solape entre compras y sexo son los souvenirs eróticos: chocolates con formas de pechos y culos, botellas de licor con formas fálicas o delantales que simulan la desnudez del torso. Los pocos turistas no plebeyos que no estén de acuerdo con estas afirmaciones sólo tienen que aplicar la lógica del supermercado a lo que ven cuando viajan: restaurantes malos, escaparates de tiendas de souvenirs, vendedores callejeros de productos falsificados, artistas callejeros que tocan las mismas canciones y pintan las mismas caricaturas y los mismos cuadros con plantillas y aerosoles en todas las ciudades del mundo. En el largo plazo se le dedica más espacio, de fachada, de superficie, de estantería y de escaparate a aquello que más se vende. Observen y saquen sus propias conclusiones. Sabiendo que estas son las actividades más habituales de la gente cuando viaja no sorprende que al capital le cueste muy poco desterritorializar todo aquello que esté cerca del turismo.

Con los aspectos del turismo supuestamente más intelectuales o contemplativos—templos, museos o paisajes—sucede exactamente lo mismo: desterritorialización. La turista, engreída por su vanidad hipertrofiada conectada de forma permanente a los bucles de retroalimentación positiva del hedonismo cibernético, lo contempla todo a través de la óptica del acuñador de moneda digital. La realidad se convierte en un mero escenario sobre el que representar una obra transferible al mundo cibernético de la obsolescencia inmediata. Lo que ya hicieron los museos y los coleccionistas con los templos y sus artefactos, desacralizar el Logos y la Pneuma, lo están haciendo ahora mismo—más veloz y eficientemente—las redes sociales y los adolescentes con los museos y cualquier otro vestigio inalterado de cultura, religión o naturaleza. La cúpula de San Pedro: TV ES PETRVS ET SVPER HANC PETRAM AEDIFICABO ECCLESIAM MEAM. TIBI DABO CLAVES REGNI CAELORVM, piedra fundacional que el Logos hecho carne dispuso sobre la Tierra. La Torre Eiffel: LAGRANGE, LAPLACE, CORIOLIS, FOUCAULT… la invocación a la ciencia de los 72 nombres de científicos, ingenieros y matemáticos grabados en los cuatro frisos sobre los arcos de los soportes. Auschwitz: ARBEIT MACHT FREI, despiadado matadero industrializado de los enemigos del Reich. Todo se vuelve un irónico decorado para selfies y fotos picantes o sensibleras que puedan conseguir likes y comentarios. Nada queda fuera del alcance de la implacable desterritorialización de los bajos instintos xenofeministas turboacelerados por el ciberespacio.

Several days later Murray asked me about a tourist attraction known as the most photographed barn in America. We drove twenty-two miles into the country around Farmington. There were meadows and apple orchards. White fences trailed through the rolling fields. Soon the signs started appearing. THE MOST PHOTOGRAPHED BARN IN AMERICA. We counted five signs before we reached the site. There were forty cars and a tour bus in the makeshift lot. We walked along a cowpath to the slightly elevated spot set aside for viewing and photographing. All the people had cameras; some had tripods, telephoto lenses, filter kits. A man in a booth sold postcards and slides—pictures of the barn taken from the elevated spot. We stood near a grove of trees and watched the photographers. Murray maintained a prolonged silence, occasionally scrawling some notes in a little book.

“No one sees the barn,” he said finally.

A long silence followed.

“Once you’ve seen the signs about the barn, it becomes impossible to see the barn.”

He fell silent once more. People with cameras left the elevated site, replaced at once by others.

“We’re not here to capture an image, we’re here to maintain one. Every photograph reinforces the aura. Can you feel it, Jack? An accumulation of nameless energies.”

There was an extended silence. The man in the booth sold postcards and slides.

“Being here is a kind of spiritual surrender. We see only what the others see. The thousands who were here in the past, those who will come in the future. We’ve agreed to be part of a collective perception. This literally colors our vision. A religious experience in a way, like all tourism.”

Another silence ensued

“They are taking pictures of taking pictures,” he said.

He did not speak for a while. We listened to the incessant clicking of shutter release buttons, the rustling crank of levers that advanced the film.

“What was the barn like before it was photographed?” he said. “What did it look like, how was it different from other brands, how was it similar to other barns? We can’t answer these questions because we’ve read the signs, seen the people snapping the pictures. We can’t get outside the aura. We’re part of the aura. We’re here, we’re now.”

He seemed immensely pleased by this.

White Noise – 1984 – Don Delillo

La esencia de lo sagrado es su valor transcendente que exige que se deba separar absolutamente del ámbito mundano. Cueste lo que cueste. Al hombre moderno le cuesta aprehender este concepto. Pero está totalmente fuera del alcance de la mentalidad del turista, es un concepto inabarcable para quien está inmerso en dinámicas ansiolíticas. Quiere llenar su vacío interior con aquello que se lo ha provocado en primer lugar. No se sacia nunca. Sólo entiende que algo esté fuera de su alcance si no tiene el dinero para comprar o alquilar su experiencia. La ausencia de sacralidad sumada al ansia de lograr el ángulo perfecto para una fotografía dispone al turista a hacer cualquier cosa: pisar ruinas milenarias, profanar con su grotesca presencia y ruido tumbas y templos. Esto también explica la despreocupación del turista por la basura que genera. No es mío, no es sagrado, no se ve en mis fotos: no es mi problema.

Pero a pesar de todo esto el comportamiento del turista es profundamente religioso. Peregrina a lugares de culto turístico, en los que contempla reliquias de santos y donde compra recuerdos del peregrinaje que pueda exhibir en su casa o públicamente durante otros peregrinajes a otros santuarios del turismo. Así es por ridículos que nos puedan parecer los lugares, santos y reliquias objeto de su devoción. No hay mejor ejemplo de esto que los restaurantes Hard Rock Café. Están dispersos por todo el mundo. Contienen reliquias en forma de prendas de ropa e instrumentos musicales utilizados por estrellas de la música. Y sus bien surtidas tiendas están llenas de memorabilia para que los seguidores de la religión del turisteo puedan mostrar públicamente su fe allá donde vayan. No es raro ver a gente comiendo en el Hard Rock de cualquier ciudad mientras llevan puesta la camiseta del Hard Rock de otra. Como el peregrino que colecciona sellos de las distintas etapas para conseguir el diploma que acredita la indulgencia que ha ganado. Si algún directivo de Hard Rock está leyendo esto y no han ejecutado aún esta idea—“visita 5 Hard Rock Café distintos y llévate una gorra de regalo”—se la cedo de buen grado. Sumará una razón más a este texto.

Esta mentalidad religiosa de peregrinaje a lo reconocible e icónico explica que los destinos turísticos concentren a la gran mayoría de sus visitantes en unos pocos lugares emblemáticos. La mente del turista no puede abarcar demasiado contenido diverso. Aunque pudiera no le serviría para nada en su peregrinaje—ostentoso, no interior—a lo reconocible e icónico. Para el hombre diferenciado, para quien le guste viajar sin ser un átomo de la deambulante turba plebeya, para el flâneur ilustrado (obscuro), esto tiene una gran ventaja. Incluso en los destinos más populares, mientras que las principales atracciones se vuelven impracticables por la afluencia de visitantes, aquellas de segunda categoría, todavía más las de tercera, son una delicia de la quietud y la tranquilidad. Pongo como ejemplo lo que recientemente he experimentado en Roma: La visita a los Museos Vaticanos es un auténtico infierno. La cola de acceso no es muy diferente de la que se debe hacer en un parque de atracciones en temporada alta para montar en las montañas rusas más populares. Quizás lo peor de la cola no sea el tiempo de espera sino las conversaciones filisteas que se escuchan de quienes supuestamente tienen interés por visitar algunas de las obras de arte más importantes de toda la humanidad. La muchedumbre que recorre sus galerías y se amontona frente a las obras de arte, móvil en mano, se asemeja a la que se agolpa en el interior de los centros comerciales en fechas navideñas. Transmiten el ansia de quien consume, no la paz interior de quien comulga. La fe en la humanidad se hace añicos de manera irreversible en la Capilla Sixtina donde se pone de manifiesto la incapacidad del turista para guardar silencio dentro de un lugar sagrado. A la misma hora del día en la que los Museos Vaticanos exhiben arte sublime e infamia vulgar a partes iguales, los Museos Capitolinos se yerguen en un oasis de tranquilidad y conmemoración de nuestros ancestros en el que se puede mirar a los ojos a Marco Aurelio a lomos de su caballo en absoluta paz de cuerpo y alma para reflexionar sobre el doloroso pero gratificante camino por el que el destino nos guía hacia la sabiduría. Ya en la Galería Doria Pamphilj, frecuentada sólo por unos pocos despistados y eruditos, la sensación es la de que se te hubieran abierto en exclusiva las puertas del palacio para contemplar en soledad absoluta el retrato de Inocente X—hiperrealista en palabras del propio retratado—pintado por Velázquez.

Desafortunadamente el capital autonomizado va a hacer que el turismo cada vez vaya a peor y sea una experiencia cada vez menos transcendente también para quienes tratamos genuinamente de enriquecer nuestro espíritu con él. Sin embargo, el estudio de las dinámicas que lo transforman nos arroja claves importantes sobre cómo comportarnos correctamente cuando estamos fuera de nuestra ciudad. De manera opuesta a como lo haga la masa plebeya: Evitar los destinos masificados. Planificar el viaje. No recurrir a visitas guiadas colectivas. No sacar fotos. Ir a misa en las iglesias. Comer fuera del circuito turístico. Visitar más allá del primer escalón de popularidad. Vestir bien. Flanear[1].

[1] Ya en 1950, en la página 103 de su libro sobre las conversaciones preliminares a la fundación de La Unión Europea “La Europa de Estrasburgo”, Ernesto Giménez Caballero usa “flanear” como acción de comportarse como un flâneur: caballero que pasea por las calles de la ciudad observando y curioseando.

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